#1 Cita

“Llegar por primera vez, conocer a gente sorprendente, reencontrarte con amigos, regresar a ése lugar, ver la amistad por dentro, abrir la mente por la mitad y culturizarte de la experiencia, estudiar escuchando a quien nunca ha leido un libro, aprender del silencio, escribir con palabras, hablar con escritos… parar el mundo por un segundo”

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Siguiendo las pistas del desierto

Miré el reloj, eran las 10 de la mañana. Llevaba en ese “amasijo de chapa y hierro con asientos”, al que los locales llamaban bus, desde las 16 horas del día anterior. A esa hora había salido de Dahab (increíble pueblo costero en el desierto de la península del Sinaí, Egipto). Iba en dirección a Luxor, actual núcleo urbano de la antigua Tebas.

Llevaba más de 18 horas en ese camello mecánico cuando observé, cómo una mano me acercaba un teléfono móvil. Entonces extrañado lo cogí: Hello? -dije con voz suave- You have a reservation for Princess Hotel?. Yes -dije con asombro-. They will pick you up, thanks -me colgó-. Estaba completamente anonadado; me acababan de pasar un teléfono (más tarde me di cuenta que fue el ayudante del chófer) y por la cara, alguien sabía que yo había hecho una reserva para ese hotel. La había hecho el día anterior a través del portal de Internet hostelworld.com, una de esas páginas para reservar cama en hostales de todo el mundo. No podía parar de preguntarme: ¿Cómo sabían que yo iba en ese bus? Y sobre todo, ¿Quien coño era yo para que me andaran rastreando en Egipto?

Todavía seguía alucinando con lo que me había pasado minutos antes, cuando el autobús se detuvo. Miré por la ventana y vi una gran cantidad de personas. Estaba seguro que nos esperaban fuera para ofrecernos alojamiento en sus pensiones y hoteles; pero además, algunos de ellos ofrecerían seguramente hospedaje en sus casas particulares. Fue entonces cuando pensé: “joder, soy el único extranjero aquí, voy a tener que luchar hasta la saciedad para que me dejen tranquilo; puf, me van a avasallar”.

Mientras estaba recogiendo mis cosas, levanté la cabeza y vi entrar a un chico que portaba un cartel con mi nombre. Un chaval de no más de veinte años llevaba un papel escrito a mano con letras legibles y en mayúsculas, dónde estaba reflejado mi nombre y mi primer apellido. Por un momento me sentí alguien importante; pero antes de que me fuera hacia él y le indicara que yo era la persona que él andaba buscando, me miró y sonriente, dijo: “Welcome to Luxor”.

Yo sabía que no tenía en absoluto aspecto de egipcio. Lo sabía a pesar de lo que algunos de los locales que había conocido en ese viaje, me habían dicho: que yo no tenía aspecto occidental y que ya fuera por mi barba de un par de meses o por mi manera de vestir (imagino que se referirían a mis harapos), podría pasar por algún joven local, si acaso un poco más moderno de lo habitual, de los que andan viajando por el país.

Pero en realidad, eso sólo puede decirlo quien no tiene trato habitual con el extranjero. Se sabe, que quien trata con gente de fuera, generalmente reconoce a quien no es de por ahí. Imagino que es por la cara de idiota que se le queda a uno, cuando llega a un lugar nuevo. Pero no descarto que también los días que llevas soportando la dichosa diarrea del viajero, hagan mella. Lo que está claro es que hay algo que nos delata, algo que te hace tener escrito en tu frente: “Soy extranjero”. Aún así eso es mucho mejor que lo que llevan escrito algunos viajeros a mi parecer, algo así como: “Parezco extranjero, soy imbécil”.

Al bajar del autobús, me hizo señas para que le siguiera. Luego me llevó hasta lo que parecía ser una motocicleta tipo custom. Entonces me preguntó si podía sostener bien mi mochila, cuando asentí con la cabeza, se montó y luego me hizo señas para que me subiera tras él. Me acomodé en aquel cacharro, arrancó y partimos.

Hasta que no llevábamos unos diez minutos de trayecto, no me dí cuenta de lo divertida que era aquella situación: me encontraba en la parte de atrás de una viaja motocicleta, sujetando con una mano mi mochila y con la otra un hierro del chasis de la moto. Al mismo tiempo, mantenía la boca cerrada intentando no tragar polvo mientras atravesábamos, a una velocidad considerable, los increíbles paisajes desérticos de la capital del antiguo imperio Egipcio.

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Jorge y Edgar

Los conocí en un colectivo cuando regresaba, junto a dos amigos, de disfrutar de un baño en las refrescantes aguas de las cascadas del conjunto arqueológico de Palenque (Chiapas, en el sureste mexicano). Había sido un día de turismo cultural muy caluroso y agotador. Llegamos a la única carretera asfaltada después de perdernos durante unos minutos por algún camino-atajo en medio de la selva, siguiendo las erróneas indicaciones de un desalmado que por allí se encontraba.

Después de estar algunos minutos esperando un transporte para volver de regreso al pintoresco pueblo de Palenque, un colectivo se detuvo en el arcén. El conductor hacía extraños movimientos con la mano fuera de la ventana, por lo que supuse que quería que entrásemos en la camioneta. Tomé asiento en la parte trasera del colectivo (término latinoamericano para referirse a una furgoneta modificada para transportar pasajeros). Fueron ellos dos los que se movieron para hacerme un hueco en el asiento. Rápidamente me di cuenta a qué se dedicaban. Cargaban ambas bolsas de colgantes con los signos del calendario maya.  En mi recorrido por las ruinas, había visto a decenas de locales, intentando vender éste tipo de suvenires a los turistas que por allí transitaban. Allí estaba yo, sentado entre dos vendedores y  tengo que reconocer que por primera vez no sentí ganas de salir huyendo. Al fin y al cabo, no aparentaban tener más de 8 o 9 años. Decidí entonces entablar conversación con el que se encontraba a mi izquierda. ¿Cómo te llamas? –Pregunté siendo simpático-. Jorge -Me dijo-. Y él es mi primo Edgar –añadió-. Encantado, soy Rubén –les dije sonriente-. Sonreímos juntos.

Compartimos sólo unos minutos allí. Les pregunté si les gustaba el fútbol y asintieron con interés. Les pregunté si lo practicaban, y comentaron que jugaban de vez en cuando después de llegar de las ruinas. No pude evitar sacarles alguna sonrisa extra: para ello, empecé a golpear la nuca de mi amigo (que se encontraba en el asiento inmediatamente delante del mío) e hice ver que eran ellos los que lo estaban molestando. Rieron con entusiasmo y tras un rato de seguir con mis estúpidas bromas, contagié a toda la parte trasera del colectivo. Al final, terminé golpeando la cabeza de mi amigo y señalando a gente al azar. Fue tan divertido para ellos como lo fue para mí. Sonreí, había conseguido un gesto de felicidad en aquellos dos niños.

Ahora me doy cuenta que tuve mucha suerte de conocerlos en ese colectivo. Pienso que en otra situación no hubiera sido igual. Probablemente nunca hubiera hablado con ellos como lo hice aquel día. El trabajo infantil es un tema que me cuesta afrontar. Por ello decidí, hace algún tiempo, no tomar parte de él. Tomé la decisión de no verme involucrado cuando me encontrase a un niño trabajador o mendigo; no le daría limosna como tampoco le compraría su producto. Soy consciente de mi posible radicalidad e incluso acepto que pueda parecer inhumano, pero desde mi punto de vista, no quiero formar parte de ninguna manera de un sistema que utiliza a los más indefensos como cabezas de turco.

Tras un rato, el colectivo se paró. Los dos primos se levantaron y se prepararon para salir. Nos despedimos con el típico saludo mexicano (chocarse las palmas de las manos para inmediatamente después golpear sutilmente los puños). La escena vista desde fuera podría resultar extraña: una mano adulta que se cruza con la de un niño. Como lo recuerdo ahora es muy diferente. Ahora lo recuerdo como una bonita despedida. Dos manos “adultas” que se cruzan para decirle al mundo que no importa la edad, la raza, o el color de la piel. Lo que verdaderamente importa es…

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Las desventuras de un polizón

Siguiendo los consejos e indicaciones del yugoslavo, me dispuse a seguir mi camino en dirección a Utila, la más pequeña de las tres islas que conforman el archipiélago de Bay Islands (islas de la bahía), en zona caribeña de Honduras. Entre muchas recomendaciones que me hizo, la más útil era la de alcanzar mi destino en un barco carguero, en vez de tener que pagar la descarada cantidad de 25 dólares con el trasporte oficial, el catamarán Utila Princess.

Me presenté en el muelle de cabotaje de La Ceiba, dónde salían los barcos hacia las islas de la bahía, una hora después del horario fijado para la salida del barco de pasajeros. Con ello quería evitar verme forzado, por los agentes portuarios, a tener que embarcarme en aquel costoso barco. Lo primero que vi, fue un barco militar atracado en el muelle y con él, una veintena de soldados que lo cargaban con sacos y sacos de mercancía. De esa veintena, eran sólo seis o siete los que realmente estaban trabajando. El resto, se dedicaba a agitar sus camisetas de color caqui, luchando contra la humedad y el calor; como si el mero hecho de estar presenciando a sus compañeros trabajar, les agotase terriblemente. ¡Cuánto nos parecemos a éstos hondureños! -pensé-. Al recapacitar, supe que ese no era mi objetivo, así que me acerqué al otro único barco que se encontraba atracado en el muelle. Fue una situación divertida: unos hombres estaban cargando la parte central del barco con víveres, mientras en dirección a la popa, media docena de marranos se movían alocados y gruñían violentamente. Auguraban probablemente, un destino incierto. Me acerqué a uno de ellos (de los hombres, claro) y pregunté: “¿Van ustedes hacia Utila?” – Si, allí vamos –contestó sin inmutarse-. Le dije que ese era también mi destino y que si me podía ir con ellos. No pasajeros -contestaron varios hombres a la vez-. Era la respuesta esperada, así que no quise retirarme tan pronto. Ataqué preguntando: “¿Quién es el capitán? Y me señalaron a un tipo, que por su aspecto, parecía más un jugador de cricket inglés retirado, que un capitán de barco; sonreí de mis estúpidas comparaciones. Me dirigí hacia él y le dije que no tenia dinero para viajar en el catamarán. No podemos transportar pasajeros, es ilegal -dijo con acento extraño-. Lo sé, por eso le pido el favor -contesté-. Me miró de arriba a abajo y tras una pausa, dijo: “Vale, deme doscientos lempiras”. Pensé con rapidez: si me iba con él, me ahorraría más de la mitad del billete. Acepté y me dijo que me esperase alejado hasta que escuchara el sonido de los motores del barco.

Sonó un fuerte rugido y comprendí que habían encendido los motores del carguero. Agarré mi mochila y cargándola con las manos, me dirigí hacia el barco. Al llegar, lancé la mochila dentro y con un movimiento rápido me adentré en él. Oía los gruñidos magnificados de los cerdos que allí se encontraban. Ya está, pensé tranquilizándome. El barco zarpó y salió del muelle navegando a una velocidad lenta. Me situé en la parte izquierda, entre la puerta de la sala de máquinas y la borda. Al momento me di cuenta que el trayecto iba a ser movidito, así que me posicioné y fijé la vista en el horizonte con el objetivo de evitar las nauseas. El mar se encontraba muy revuelto y el carguero se desplazaba con unos fuertes movimientos de vaivén arriba y abajo, pero también se movía lateralmente cuando la proa se levantaba. Después de una hora de trayecto me encontraba bastante mareado, pero lograba seguir concentrado mientras observaba el horizonte. Sentía nauseas, pero tenia fuerzas para aguantar el resto del trayecto.

Un hombre se acercó. Me preguntó que de dónde era. Cuando le dije que era español, comenzó a contarme que su hermana vivía en España y que llevaba allí unos cuantos años trabajando como carnicera. Él era ganadero, transportaba los cerdos para sacrificarlos y vender la carne en la isla. Empecé a perder la concentración y sentirme más mareado aún. Me invito a irme hacia el otro lado del barco y erróneamente acepté. Siguió hablándome de su hermana y de las ganas que él tenia de abandonar la isla, rumbo a España. Me preguntó varias veces como era la vida en España, cuánto era el salario que tenia un carnicero, y cuán difícil era encontrar trabajo allá. Comencé a perder el hilo de la conversación. Escuchaba algo sobre un amigo suyo, que vivía en Canadá, que también era ganadero y que ganaba 45 dólares canadienses al día. Oí con claridad: “¿Cuántos euros son 45 dólares de Canadá?”, quise recordar cuánto era un dólar canadiense, pero me encontraba tan débil que no pude. El hombre siguió hablando, mientras yo me tambaleaba en dirección a la borda. Me agarré a la baranda y vomité. Me sentía tan mal que no quería levantar la cabeza, quería seguir con la cabeza por la borda hasta llegar a la isla. Al incorporarme, el hombre ni se inmutó, seguía tranquilamente preguntándome sobre dólares, euros y salarios. Dejé de escuchar y me alejé lentamente hacia el otro lado del barco. Me coloqué en el mismo lugar donde estaba antes y traté de concentrarme. No lo conseguí. Volví a visitar la borda dos veces más, me sentía tan agotado que sólo quería estar en tierra firme.

Me encontraba muy desorientado y bastante débil. En un esfuerzo por relajarme, miré por la borda y vi una aleta pequeña, parecía un delfín. Al momento me di cuenta que cerca del barco decenas de delfines se desplazaban nadando y saltando cerca del casco. Estaba extenuado y cansado, pero aquella estampa era impresionante. Me encontraba de polizón, dirigiéndome a una isla caribeña, con una compañía genial. Vislumbré tierra en el horizonte, lo peor ya había pasado.

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Subamos por esa trocha

Hacía casi dos semanas que “el yugoslavo” y yo estábamos literalmente atrapados en San Pedro de la laguna (lago de Atitlán, Guatemala). Había estado lloviendo mucho, y a causa de los derrumbes, aquella zona había quedado incomunicada durante unos días. Decidimos entonces, dos días antes de marcharnos de allí, que haríamos una expedición a la cumbre que los locales llaman nariz de indio. Así la denominan por la similitud del perfil de la montaña con la cara de un indio. Sin preparar nada nos dispusimos a salir en busca de aventura.

Desde San Pedro caminamos hasta San Juan, pueblo donde comienza la ascensión. Al conversar con los locales, nos dimos cuenta que teníamos que buscar una ruta alternativa al camino oficial, ya que por éste, existía una caseta de cobro para extranjero donde cobraban 30 quetzales (unos 5 dólares). Fue entonces cuando “el yugoslavo” se dirigió hacia mi, y con voz serena, dijo: “Subamos por esa trocha”. Miré el lugar donde señalaba y vi un sendero que se adentraba en el monte en una dirección bastante dispersa a nuestro destino. Decidimos entonces que íbamos a subir por ese camino hasta alcanzar la cumbre de esa montaña, para luego, caminar por la ladera hasta alcanzar así nuestra meta.

El camino se adentraba entre cafetales e inmensos campos de maíz. La trocha (palabra que siempre utilizaba “el yugoslavo” para referirse a sendero), se acabó antes de alcanzar lo que parecía la mitad del trayecto, así que no quedó otra que caminar entre árboles de café. Después de cruzar el inmenso cafetal, seguimos otro tanto nuestro camino a través de una suave vegetación hasta alcanzar lo que se presentaba como un derrumbe: toneladas de tierra, rocas y árboles se interponían en nuestro camino. – “Subamos por derrumbe, será mejor” -dijo con voz convincente-. Tras más de media hora de lucha contra barro y árboles caídos, llegamos a un punto donde nos era imposible continuar la ascensión. Entonces, en un intento de seguir la subida, dejé a un lado el derrumbe e intenté abrirme camino entre los matorrales. Al cabo de un rato escuché un ruido extraño y vi como “el yugoslavo”, que permanecía aún sobre el derrumbe, parecía haber perdido el control y se deslizaba montaña abajo con los pies y manos completamente estirados, como araña bajando velózmente por su tela. En un primer momento quise reír, pero luego me di cuenta de lo serio del asunto. Pensé entonces que se iba a matar, para luego tranquilizarme cuando lo oí reír al mismo tiempo que decía: “así se baja derrumbe”. Extrañado, pensé: ¿Dónde diablos enseñan la manera de bajar por un derrumbe? Recapacité, serían cosas de balcánicos.

Decidimos entonces cambiar de estrategia y seguir por la huella de un cañón seco que parecía llegar a nuestro primer destino. Después de una hora sorteando rocas que se desprendían con facilidad, llegamos a un punto donde la subida era demasiado pronunciada. Era tan inclinada que en vez de estar subiendo, estábamos trepando. Trepando con la ayuda de raíces de arbustos y rocas que parecían desprenderse en cada agarre. Finalmente me encontré de frente una pared vertical de unos cuatro metros que dispuse a escalar. Al voltear la cabeza me di cuenta de la vista tan espectacular que tenía. Desde allí, se tenía una vista panorámica del lago Atitlán (una de las candidatas a pertenecer al club de las siete maravillas del mundo moderno), para inmediatamente después darme cuenta que me encontraba sobre un precipicio de unos treinta metros de altura. Miré hacia donde estaba “el yugoslavo” y ví como se encontraba suspendido de la roca con sus dos manos y el pie izquierdo, y con el derecho hacía unos extraños movimientos pendulares buscando un lugar para apoyarlo. Recordé que desde hacía un par de horas caminaba, más bien trepaba, descalzo. Me quedé tan perplejo por la situación que no reaccioné cuando me preguntaba una y otra vez: ¿Dónde pongo pie?, ¿Dónde pongo pie?. Al final, no se como, consiguió pasar el obstáculo y me cedió el turno. Al llegar al punto donde lo había visto en problemas, sentí una extraña sensación que no había tenido jamás: estaba atrapado. No lograba apoyar mi pie derecho para agarrar impulso y seguir, pero peor aún, no podía encontrar una posible vía de bajada. Estaba realmente jodido; no podía subir pero tampoco podía bajar. Me encontraba suspendido en una roca con un serio precipicio bajo mis pies, a más de mil metros de altura. Tenía la adrenalina tan alta que no recuerdo haber sentido miedo, más bien lo único que pensaba era cómo demonios había llegado hasta allí. De alguna manera me dejé caer por el lateral del precipicio, agarrándome a la tierra y a raíces, y por suerte pude encontrarme de nuevo a salvo.

No sé si fue mi razón o mi cuerpo quien no quiso seguir. Por algún motivo me acordé de mi madre cuando me encontraba atrapado allí. Creo que fue eso lo que me hizo desistir en el intento de escalada y retroceder sobre mis pasos. Ahora pienso que hice bien, que hay que ser consciente de que existe un límite. Sin embargo, recuerdo ese día, como el día que estuve más cerca de sobrepasarlo.

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El orgasmo del viajero

Últimamente viajar se está relacionando con la posibilidad de contagiar alguna enfermedad. Siempre que alguien va a emprender un viaje, se le bombardea desde todos los frentes para que tome todas las precauciones posibles y se vaya bien vacunado. Entonces, uno que se considera una persona un poco precavida, decide acudir a la oficina de Sanidad Exterior. Para quien no lo sepa, Sanidad Exterior es como una oficina de turismo pero íntegramente dedicada a las enfermedades que se pueden contagiar cuando se viaja al extranjero. Eso sí, generalmente en vez de atenderte una chica simpaticona y guapa, te atiende un médico. Sí, con suerte una abuela médico (¿Cuánta gente conoces que sea médico y abuela/o? Si la respuesta es no, entonces te conviene visitar un día la oficina de Sanidad Exterior).

Al momento comienzan a hablarte sobre la peligrosidad de enfermedades como la fiebre amarilla, el dengue, la malaria… mientras te van enseñando, al mismo tiempo, fotografías con las horribles caras de los mosquitos que transmiten esas enfermedades. Pero mejor aún es que también te van regalando folletos de los medicamentes que tienes que tomar para prevenir el contagio, con lo que terminas al final con las manos repletas de inservibles papeles. Por suerte, al final te terminan hablando sobre la “fiebre tifoidea”, que como saben deduciéndolo de su nombre, es un mal con el que te pegas, con suerte, de 15 a 20 días literalmente viviendo en el baño y que no te deja despegarte de la taza del wáter ni para comer. En ese momento es cuando te das cuenta que has elegido el destino equivocado. Obviamente no dejas de acordarte y sobre todo maldecir a: españoles por el mundo, el canal Viajar y al cabrón ese que sale en la 2, comiéndose cucarachas en Hong Kong.

Pero lo bueno de ello es que si sobrevives, a lo mejor tienes la suerte de toparte con el poco conocido “malestar” que algunos bien afortunados viajeros han experimentado: “El orgasmo del viajero”. Así se denomina, Orgasmo: la sensación placentera por antonomasia, del viajero: dícese de la que afecta a personas que están viajando. La gran diferencia que existe entre el orgasmo del viajero y aquel tradicional, es que en el del viajero, no se tiene la certeza de cuándo va a llegar, así que surge de repente. Pongámoslo así, es como si estuvieras cenando en el típico restaurante del centro de Budapest con unos amigos, y en un momento de clara confusión, te dieras cuenta que la espectacular chica rubia de ojos azules que trabaja como camarera, se ha metido bajo tu mesa y ha comenzado a hacerte la mejor felación jamás experimentada. Así de duro es el orgasmo del viajero, te sucede de repente, te pilla desprevenido. Generalmente uno se encuentra aturdido por lo maravilloso del lugar, el espectacular paisaje y cuando menos te lo esperas…puumm! Una increíble sensación de placer te invade por completo y te quedas en un estado placentero tan grande, tan grande que es sólo comparable con ir al mismo restaurante al día siguiente y encontrar a la camarera otra vez bajo tu mesa.

Espero que sepas de lo que estoy hablando. Espero que alguna vez en la vida hayas experimentado algo similar. Pero no te desesperes si no es así, mas bien alégrate; ten claro entonces que el mejor orgasmo de tu vida está aún por llegar.

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